martes, 27 de octubre de 2015




Queridos amigos:

Hacía tiempo que me había caducado el carnet de conducir, pero dejaba correr los días porque estaba anunciada la puesta en circulación de un nuevo tipo de carnet para cuya obtención habría que volverse a examinar y pagar encima 150 $, sin el cual no se podría conducir. Iba pasando el tiempo y no llegaba el nuevo permiso. Luego me enteré que habían robado un montón de carnets en blanco en la capital y que se había paralizado el plan de renovación de los permisos. Pero para poder estar en regla mientras decidieran lo que iban a hacer, fui a que me renovaran el que tenía.

El señor que me atendió era muy simpático, nos conocíamos desde hacía mucho, obeso más de lo regular, que a duras penas podía entrar en la especie de butaca sobre la que se sentaba, me anunció que los nuevos permisos, tendrían la validez que a ellos les diera la gana. Me costaría 120 $ pero tratándose de mi persona me lo podría dejar en 90 $. Yo hice ver como que no tenía esa cantidad y me preguntó cuánto dinero llevaba encima. Le hablé de 80 $ y sin más cerramos el trato. No da recibo alguno y uno se pregunta dónde irá a parar ese dinero.

Los jóvenes de un barrio que se llama Bwana André se arreglan de maravilla entre ellos, superando las diferencias tribales, formando bandas, y aprovechando la inexistencia de la autoridad para hacer lo que les viene en gana. En general se trata de jóvenes sin trabajo, aficionados a las bebidas fuertes y como no tienen dinero en sus bolsillos, se las ingenian  para  buscarlo. Creen  que  todo  les está  permitido  y  acusan al Estado  de que  no hace  nada
por encontrarles un medio de  vida, luego la  culpa de lo que  pase no  es de  ellos  sino del Estado, ellos no hacen sino apropiarse de lo que el estado debería hacer por ellos.

Es imposible discutir con ellos porque no admiten razones y con sus ojos enrojecidos por el alcohol y la droga más vale no hacerles frente para no poner en riesgo la integridad física de uno mismo, pero desde el portal de sus casas se puede ver una gran extensión de terreno cultivable que llega hasta Zambia, a unos 150 Km del lugar en el que nos encontramos.

Las calles, en general, son de tierra y las abren en canal para buscar minerales, sobre todo cobre y cobalto, sin importarles que con ello debiliten las casas porque se meten incluso por debajo de los cimientos de las mismas. Abren galerías de 2 m. de profundidad a lo largo de toda la calle, con lo cual ningún vehículo se atreve a circular por la misma. El alcalde se conforma con darles buenos consejos porque teme que si se enfrenta a ellos pueden provocar grandes destrozos.

Roban el aceite del transformador, éste se quema y se queda todo el barrio sin luz, y serán los primeros en protestar por las condiciones en las que se encuentran. Ellos mismos salen también perjudicados porque ni pueden ver la televisión, ni oír música, ni tener agua fresca porque sus grifos no funcionan. No piensan en el mal que pueden ocasionar a los demás, en aquellos que tienen bares y no pueden refrescar las bebidas, en sus mismos padres quienes, si disponían una frigo y guardaban en ella un poco de pescado, éste se pudre y están obligados a tirarlo. Solo piensan en el momento presente, necesitan dinero en ese instante y tratan de conseguirlo sin pensar en las consecuencias.


            Otro de sus “deportes” consiste en desenterrar las tuberías del agua para venderlas a los chinos, quienes compran todo lo que huela a metálico, y la gente tiene que ir a por agua a otros barrios lejanos. También a nosotros nos robaron la cañería que conduce el agua al Centro de Minusválidos de la parroquia. Habían cortado un trozo de unos 8 m. que más tarde conseguimos recuperarla.
 
  Escamotean los cables de la luz, y nos quedamos todos a oscuras hasta que llega el servicio eléctrico y nos saca de apuros. Pero éstos cuentan cada vez con menos recursos y ya nos han avisado de que no podrán continuar durante mucho tiempo porque su reserva de cables se ha agotado.

    Por suerte, estas bandas actúan solo en su propio barrio. Les conozco a muchos de ellos porque hace unos años habían seguido la catequesis conmigo, es por lo que puedo acercarme a ellos y discutir sobre lo que hacen, aunque no me hagan caso. He hablado con los padres para que intenten remediar estas calamidades pero tienen miedo de sus propios hijos. Ellos se sienten mayores, ya no van a la fábrica, no reciben un salario y se encuentran con grandes dificultades para alimentar la familia. Estos jóvenes consiguen un poco de dinero que les permite comprar un poco de maíz para dar de comer a los de casa y se creen que tienen derecho a todo porque son los que consiguen alimentar a la familia.

       Nadie se atreve a denunciarlos porque ya lo han hecho anteriormente y no han conseguido nada de las autoridades, además, aquellos que tienen hijos mayores y sin trabajo, temen que si les detienen y empiezan a averiguar quiénes son los componentes de estas bandas, tal vez sus propios hijos estén involucrados en ellas y prefieren callarse y aguantar las consecuencias.

       Las monjas del Centro de Minusválidos, tienen unos campos a unos 12 Km de casa donde cultivan maíz, mandioca, cacahuetes y verduras, para dar de comer a los internos que residen en el Centro. En esos campos, han levantado unas casas para los trabajadores y unos árboles les dan un poco de sombra, sobre todo en la época calurosa. 



 
     Los niños del poblado vecino se han acostumbrado a ir hasta allá para jugar. Allá es donde pasaban grandes ratos ocupados en sus correrías y en sus juegos, ignorantes del peligro que se cernía sobre ellos porque parece que esos árboles eran el lugar de la parada oficial de los hechiceros que sobrevolaban aquellos parajes. Un día, era tal el número de los que se habían juntado a descansar en una rama, que ésta se desgajó, cayó, y le pegó a uno de los niños que en ese momento se encontraba bajo la rama.

    El golpe fue mortal, y a pesar de los gritos de sus compañeros, cuando acudieron los mayores nada pudieron hacer para reanimarle. El árbol fue considerado maldito y nadie se acercaba, hasta que un día los trabajadores decidieron que, para evitar nuevos accidentes, lo mejor que podían hacer era cortarlo y que desapareciera de su vista. Ni siquiera emplearon su madera para hacer fuego porque era un árbol maldito.

      Una mujercita, que hace muchos años fue joven pero ahora se esconde tras las arrugas de su cara, me comentaba que había querido cultivar un pequeño trozo de terreno para ocupar sus vacías horas porque todavía se sentía con fuerzas y de esa manera podría conseguir algunas mazorcas de maíz para alegrar a sus biznietos e incluso alimentarse ella misma.

     El terreno que había elegido para cumplir sus deseos, no era otro que el que un pastor de una de las nuevas iglesias que enriquecen la panorámica religiosa de Panda, me había quitado para implantar su secta. Cuando ya había dado sus primeros azadonazos, le vino el pastor para decirla que estaba cultivando una tierra que no era suya.


 
    La pobre señora se molestó porque dada su edad no sería grande el terreno que podría cultivar y como ella es de la familia del alcalde de Likasi, se fue a él con el cuento de lo que le pasaba. Yo la animaba a que arremetiera contra el pastor porque anteriormente ese mismo pastor me había robado todo ese terreno y bastante más. Yo había plantado árboles frutales para que las familias que quisieran tuvieran algo que comer, y él, que era amigo de la autoridad del lugar, consiguió “comprarle” por unos dos mil dólares, y de esa manera se había aprovechado de mi trabajo en beneficio de su iglesia. También yo acudí a la autoridad de Likasi, quien me escuchó con mucha atención y después de tratar de ladrones a las autoridades de Panda, me dijo que iba a dar órdenes para que me devolvieran el terreno y desmontaran la “capilla” que habían levantado con unas chapas metálicas.

   Hizo mucho ruido, envió un emisario para comprobar la veracidad de mis quejas, pero han pasado cerca de dos años de todo esto y las cosas siguen sin moverse.

       Por eso le animaba a esta pobre señora a que continuara la pelea para ver si
conseguíamos derrotarle al pastor, pero nuestras esperanzas se vieron frustradas porque la señora se cansó pronto de hacer frente al pastor, que la amenazaba constantemente, y las promesas de su pariente el alcalde no se vieron cumplidas. El último día que se enfrentó con el pastor, le dijo que se quedara con el terreno pero que pronto se acordaría del daño causado a esa pobre viejilla, que no pensaba molestarle en absoluto. Esa fue su maldición.

        Y me contaba con alegría que ese pastor está a punto de cerrar su capilla porque ya no le van sino sus hijos y sus nietos y que todos sus antiguos feligreses habían desertado. La maldición había surtido efecto pero la señora ya no va a utilizar de nuevo la azada para evitar algún otro altercado con el pastor que le negó el terreno.

La corrupción que se respira por todos los lados ahoga a una persona que sea más o menos normal. Un feligrés de la parroquia trabaja para una empresa minera de las que se han afincado últimamente en nuestro país. La empresa compró un coche en Japón y al pasar la aduana congoleña, que se encuentra a unos 100 Km del lugar en la que esta empresa tiene su sede, les pidieron que se presentaran para llevar a cabo todas las formalidades en orden a sacar el coche da la aduana. La empresa le mandó a este feligrés nuestro, que es quien me lo contó cuando terminó su aventura.       En primer lugar, le pidieron 6.000 $ como gastos de aduana para sacar el coche. Se presentó con ese dinero y el agente de aduanas, sin ningún rubor, se metió 4.000$ en el bolsillo y los 2.000 $ restantes los ingresó en la caja de la aduana. Le dieron todos los papeles de la aduana y con ello regresaba a la ciudad para poner el coche a disposición de la empresa. A medio camino le pararon una patrulla de militares y al exigirle los documentos del coche, le dijeron que los que llevaba eran falsos y le detuvieron. Trató de justificar la veracidad de sus documentos y pero le dijeron que habían recibido una llamada de la aduana diciendo que una persona se escapaba con un vehículo robado.


  Afortunadamente, conservaba el teléfono de quien le había tramitado toda su documentación. Le llamó por teléfono y éste pidió hablar con los militares. Les explicó cómo todos los papeles eran legales porque los había hecho él mismo, por tanto no había habido ningún robo ni falsificación de documentos y les prometió 500 $ para que le dejaran en paz y pudiera continuar el viaje, como así lo hicieron. ¿Qué es lo que había sucedido? Un oficial de aduanas que estaba al corriente del paso de ese vehículo y que no había recibido nada de toda la operación, como venganza llamó a los militares para decirles que todos los documentos que llevaba el chófer eran falsos y que debían detener al conductor. Eso le costó a nuestro chófer permanecer dos días en la cuneta de la carretera junto a su coche mientras los de la aduana y los militares llegaban a un acuerdo.

Un feligrés de la parroquia, de los pocos que se acuerdan del cura, cada vez que madura un racimo de plátanos o recoge la fruta de sus árboles, siempre me trae un buen cesto y yo procuro mantener las buenas relaciones ofreciéndole a cambio el pago de los gastos escolares de sus hijos, con lo cual siempre sale ganando. Este, tenía un pequeño terreno junto a su casa y unos piadosísimos paisanos se lo solicitaron para construir en ella una capilla para su propio culto. Les dijo que lo necesitaba porque con el producto de ese campo sacaba una buena parte de lo que necesitaba para el alimento de la familia.

       Parece que los solicitantes no gozaban de un buen oído y un día que se encontraba mi feligrés en el trabajo y sin que hubiera habido ningún otro encuentro, los visitantes se permitieron arrancarle todas las alubias que tenían  en  el campo  y  llevar a  ella  un   par de camiones de  piedra  para la construcción de los cimientos de la capilla.

       El propietario se llevó un buen disgusto, convocó a los responsables de la nueva secta y éstos le dijeron que no se molestara porque le iban a pagar con creces el daño que le habían infligido. Pero el tiempo va transcurriendo sin que se presenten con el dinero prometido y ha recurrido ante las autoridades para que se haga justicia.

El alcalde les convocó a todos los implicados en este asunto y de nuevo volvieron a prometerle pagar por el daño ocasionado, pero todavía hoy es el día que esto no ha sucedido y mientras tanto él se ha quedado sin las alubias que tenía en la huerta.

Recurrió a las autoridades, que le conocen muy bien porque había sido concejal hacía unos años y ante él los responsables prometen una vez más que le pagarían por todos los daños ocasionados. Ya no sabe a quién puede recurrir para que le hagan justicia y eso no es todo, porque unos días más tarde fue a cosechar el maíz de sus campos y al levantar unas mazorcas que las tenía apiñadas en el suelo descubrió dos serpientes venenosas que podían haberle matado si no llega a tener suerte de verlas antes de que pudieran moverse. Las mató inmediatamente, pero siempre queda la duda: ¿Quién las envió allá? ¿Es que los miembros de la nueva secta poseen poderes mágicos para actuar sobre la vida de las personas?. Todo es posible, pero desde entonces no han vuelto a aparecer. Mi feligrés no está muy tranquilo porque sospecha que van a volver a actuar y no se puede bajar la guardia.

Nos reímos de los sueños pero hay quien cree en ellos y tiene motivos para seguir creyendo. Una mujer vio en sueños que su campo se estaba quedando sin legumbres porque un grupo de jóvenes estaba haciendo ladrillos con la tierra que se encuentra junto a su campo. A la mañana siguiente fue para ver si era cierto lo que había visto por la noche y comprobó que efectivamente, una buena parte de sus legumbres había desaparecido. A pesar de ser una persona de edad, era tal la rabia que sintió porque ya no tiene fuerzas para cultivar y no pudo soportar que lo poco que consigue se lo lleven gentes sin escrúpulos y los maldijo a todos, amenazándoles que si continuaban robando caería sobre ellos una gran desgracia que sería irreparable. Desde entonces, los jóvenes siguen fabricando ladrillos pero ninguno se atreve a aprovecharse de la pobre viejilla y robarle lo poco que tiene en su campo. La maldición surge su efecto, y más si proviene de una anciana y nadie quiere arriesgarse a sufrir sus consecuencias.

                 Un abrazo.
                                         Xabier