miércoles, 4 de febrero de 2015




Queridos amigos:



       Era Navidad. Las campanas empezaron a sonar a las cuatro de la tarde anunciando a la gente que se prepararan porque ese día era diferente a los demás. La misa se iba a celebrar a las ocho de la noche,  a esas horas noche cerrada, y a las siete iban a abrir las puertas de la iglesia para evitar atropellamientos de última hora. Los monaguillos, que son legión, se afanaban en los preparativos para dejar terminado el Nacimiento. Todos los árboles de los alrededores temblaban viendo llegar a estos mozos, que armados de machetes, les iban a dejar sin ramas. Los cantores daban sus últimos toques a los cantos que iban a interpretar más tarde. Algunas mujeres se afanaban en terminar de limpiar las esquinas de la iglesia que habían sido manchadas por el trajín de los monaguillos. Incluso algunos feligreses daban una mano de barniz a las puertas de madera mientras otros se ocupaban de encalar el WC que está fuera del recinto eclesiástico para “alivio” de los fieles.

Se notaba un  auténtico “zafarrancho de combate”. Todos actuaban con seriedad y prisa. El ambiente no había sido preparado por los escaparates iluminados con luces de colores, árboles navideños en las plazas, anuncios de turrones y loterías, sino por un par de días de conferencias relativas al sentido de la Navidad y una confesión comunitaria para ponernos a punto para el gran acontecimiento. Ese día todo el mundo luce sus mejores galas. Yo tuve que ponerme zapatos, ya que casi siempre ando con sandalias y elegir la mejor camisa y pantalón del armario. No podía quedar mal ante mis feligreses que iban a ostentar sus mejores atuendos, porque es Navidad.

       
      Ahora que todavía no había comenzado el bullicio de la gente, me acerqué al Belén para contemplar el misterio. Habían construido una gran gruta con ramas y hojarasca y algunos “copos” de algodón para dar impresión de nieve. Los pocos pinos que aún quedan por los alrededores habían quedado pelados. Todo se amontaba sobre el portal, que parecía una montaña de verde en cuya base habían abierto un hueco donde habían colocado el Nacimiento. Estuve mirando con curiosidad y descubrí que entre los típicos animales de la gruta, faltaba la mula. Por más que separaba las hierbas para verlo todo mejor, no la encontraba por ninguna parte. Me pareció que el animal, cansado de tanta mala hierba que le rodeaba, se fue a buscar mejores pastos porque allí no iba a calmar su apetito. O tal vez algún despistado monaguillo la había dejado caer en el camino que va desde la sacristía hasta el lugar que le correspondía y todos guardaban silencio sin descubrir al culpable.

Pero allí estaban la Virgen, S. José y el Niño. Todos se correspondían en cuanto a la talla, pero variaban sus colores, como dando a entender que eran herencia de diferentes dones que había recibido la parroquia. Los reyes ocupaban la primera fila, por eso eran reyes y había que respetar su dignidad, después venían los pastores, con sus corderos y zamarras. Y todo ello adornado con multitud de lámparas de colores, unas intermitentes y otras fijas, para atraer la atención de los fieles y sobre todo de los niños que iban a quedar embelesados admirando el espectáculo que se les ofrecía.

La iglesia se iba llenando poco a poco. Algunos venían a confesarse porque en el día señalado no habían podido asistir a la celebración litúrgica. Los jóvenes Scout y Kyros hacían guardia en las puertas para impedir que los gamberros se acercaran a la iglesia o intentaran molestar a los que ya estaban dentro. A las ocho en punto salíamos de la sacristía y nos acercamos a la puerta principal para entrar procesionalmente.

La comitiva de los que nos íbamos a situar luego en el presbiterio era de llamar la atención. Pero es que era Navidad, había que celebrarlo. 18 monaguillos de todas las edades, incluido el turiferario y quien llevaba la cruz, tres lectores, un animador, y el celebrante, acompañado de sus dos coadjutores, de los cuales uno soy yo. En cuanto el primer monaguillo puso el pié en el pasillo central de la iglesia, aquello se transformó. La coral entonó su canto de entrada, la gente y en especial las mujeres gritaban y lanzaban sus “irrintxis” de alegría, mientras todos acompañaban con palmas el ritmo del canto, incluso los curas.

Los monaguillos, que eran los primeros de la fila, eran los que marcaban el paso y ante el griterío de los asistentes se animaron también ellos y no veían la necesidad de avanzar con rapidez. Dos pasos para adelante, uno para atrás, un paso a la izquierda y otra para la derecha.

El turiferario, en primera fila, hacía maravillas con el incensario. Lo lanzaba para arriba, para los lados, con una rapidez y fuerza, que temía que se desprendiera la bola con el carbón encendido y fuera a parar a la cabeza de alguno de los que piadosamente seguían la ceremonia.







Llegamos por fin al altar. Los ánimos se fueron calmando pero se notaba nerviosismo en la gente. Sentían necesidad de cantar, de gritar, de bailar y pronto tuvieron ocasión de ponerlo en práctica con el canto del Gloria. La gente, especialmente las mujeres, con el martilleo de los tantanes y el ruido de la música, se sienten como poseídas por una fuerza que les empuja a mostrar sus sentimientos en el baile y salen a los pasillos para contorsionarse y manifestar a su manera las grandezas del Señor. Yo llevo muchos años en esta parroquia y sé que no hay que ponerse nervioso por poca cosa, por eso, lo primero que hice fue meter el reloj en el bolsillo para que no tuviera tentaciones de mirar de reojo para ver como transcurría el tiempo.


Vinieron luego las lecturas, intercaladas por unos momentos de meditación y grandes espacios de canto. Una coral con unos 80 cantores que cantaban a voz en grito, todo cuanto pudieran vibrar sus cuerdas vocales. Yo temía que en cualquier momento se agrietaran los muros o los cristales. Al final no ocurrió nada de eso. Después llegó la homilía, en la que el párroco quiso convertir en una noche a todos los feligreses y se pasó 45 minutos hablando de la importancia de la fiesta que conmemorábamos.


          Resumiendo. A las once y algunos minutos entrábamos de vuelta en la sacristía con la sensación de haber hecho una gran faena. La parroquia está situada en una pequeña colina sobre el pueblo. Después de tres horas y pico de iglesia, la gente no se sentía cansada y bajaba la colina cantando, y es que es Navidad.

La Iglesia estaba abarrotada. Solamente se permitió la entrada a jóvenes y mayores. Los niños tenían que permanecer en casa. Seguramente que comerían un trozo de mandioca asada a la brasa en sus hornillos caseros y se irían a dormir.  Los padres estaban en ayunas, pero no necesitaban comer, estaban más que satisfechos con la función a la que habían participado, no sentían hambre. Al día siguiente comerían todos juntos, padres e hijos un poco de arroz, y quién sabe si habían tenido la suerte de atrapar alguna gallina para ese día.
Entre los internos que tenemos en el Centro de Discapacitados, había una chica terriblemente deformada por la enfermedad. Las piernas no tenían la misma longitud y se solucionaba la anomalía con un gran tacón en uno de sus zapatos. Además de ello, iba siempre escorada y su físico no era nada atrayente. Sin embargo era muy piadosa y no faltaba un día a misa. Vivía en un poblado, a unos 25 Km de casa, hija de una familia pobre y como no tenían recursos para pagar lo poco que se les pide, estaba alojada gratuitamente en el Centro. Tampoco es que fuera muy inteligente, pero año tras año, iba aprendiendo algo que le pudiera ayudar el día de mañana. Tendría unos 22 años.

Cuando íbamos a comenzar el nuevo año escolar, no vino y nos enteramos de que estaba embarazada. Su familia quiso saber quién era el padre de la criatura y ella acusó a uno de nuestros “sobrinos” (los niños que viven en mi casa). También mi sobrino estaba ausente, pero cuando se le comunicó la noticia, juró y perjuró que no tenía nada que ver en el asunto y dijo que si seguía acusándole llevaría el caso a los tribunales. La pobre discapacitada quería sacar partido de su situación, ya que nuestro sobrino es un chaval majo, aplicado en sus estudios y que piensa terminar este curso el último año de la escuela profesional.

Ante estas amenazas del sobrino, ella cogió miedo y acusó a otro discapacitado, tan desgraciado como ella, de ser el padre de la criatura. El hecho no deja de ser sorprendente, porque también el chico, que tendrá poco más o menos su misma edad, es terriblemente deforme y yo pensaba que era totalmente discapacitado. Parecía que nada le funcionaba ni de cintura para abajo ni de cintura para arriba, pero resultó no ser verdad.  También proviene de una familia muy pobre y está admitido gratuitamente en el Centro. Vive en un poblado cercano a la discapacitada y de vez en cuando se encontraban para consolarse mutuamente de su desgracia y tanto interés del uno para el otro terminó dejándola embarazada.

No hemos vuelto a tener noticias de ellos. Tanto el chico como la chica estarán felices porque podrán ser padres, como cualquiera de los mortales.

Os he hablado en repetidas ocasiones que estamos a merced de cualquiera porque ya no se respetan las normas y la convivencia no siempre es fácil. Hoy os presento unas muestras más del desastre del pueblo.

Tenía que llevar un enfermo a su casa. Estaba hospitalizado y el médico decidió que regresara a su hogar porque el hospital es de pago y la familia no disponía de medios para seguir pagando la estancia. Solicitaron mi ayuda porque sabían que no les iba a cobrar por el servicio. Cuando llegué a la calle en la que vivía me encontré que estaba obstaculizada, porque un grupo de personas que vive por aquellos alrededores había “pinchado” la tubería de agua potable que pasa por las cercanías, para llevar el agua a sus casas. Pero lo hicieron tan bien, que no pudieron enterrar la conducción y la tubería está a 40 cm del suelo, de forma que constituye como una barrera que impide  el paso de los vehículos. Pasó el alcalde, pasó el encargado del servicio de aguas y nadie ha dicho una palabra. Todo se tapa con un “sobre” que va al bolsillo del responsable y si no hay nadie que proteste enérgicamente, y amenace con llevar el asunto a instancias superiores, las cosas siguen como están. Cada cual se permite agujerear la conducción de agua donde mejor le conviene para sus intereses y de esta forma, luego no nos llega nada a nosotros por falta de presión, porque estamos en una colina.

Una mujer con una criatura de escasos meses se encontraba en el hospital. La dejó su marido y como nadie la socorría en su soledad se marchó a un campo de mineros artesanales y allí tuvo los maridos que le dio la gana. Quedó embarazada y dio a luz una niña, que al poco tiempo dio muestras de enfermedad.   La  trajeron  al  hospital. Nadie  se  ocupaba  de  ellos y  tuve que socorrerles, pero al poco tiempo murió la madre con un Sida monumental. Después de esa experiencia, examinaron a la cría y han descubierto que también la pequeña está infectada y nadie la cuida. Durante varios meses he tenido que ocuparme de ella. Ahora parece que algún familiar se ha interesado por la criatura porque ya no está en el hospital.

Hay mucha enfermedad de Sida. A pesar de que en la Televisión se habla de las consecuencias de dicha enfermedad y los críos aprenden en la escuela cantos que les muestran cómo evitarla, los padres siguen practicando sus aventuras amorosas sin hacer demasiado caso de lo que dicen, pensando que ellos nunca serán contagiados, pero al final caen y las consecuencias son muy duras, porque a menudo la mujer muere antes que él y los hijos afectados sufren enormemente ya que muchas veces son rechazados incluso por sus propios familiares.

Los inspectores de enseñanza del estado, visitan las escuelas con frecuencia porque están acostumbrados a que se les agradezca con un “sobre” por los servicios prestados. Sin embargo en una escuela dirigida por las mercedarias, se oponen a este sistema de corrupción y no les dan nada. La venganza de los inspectores ha consistido en reunir a los padres de los alumnos de sexto, del último año de secundaria,  y pedirles una contribución de 10.000 francos a cada uno, como condición para que sus hijos se puedan presentar al examen final. No hay dónde protestar por estos atropellos porque la corrupción está a todos los niveles y no hacen caso de las denuncias.

 Acabamos de atravesar un momento peligroso porque el cólera había aparecido en varios barrios de la ciudad. Esta vez, los médicos estaban preparados y disponían de lo necesario para atacar la enfermedad. Distribuyeron cloro a los enfermeros para que desinfectaran las salas, retretes, etc. pero como éstos llevan varios meses que no cobran, se llevaron el cloro a sus casas y lo vendieron en el mercado. ¿Quién les puede denunciar de corrupción cuando los médicos actúan de la misma manera?


Siempre hay espabilados que tratan de sacar partido de las necesidades de los demás, sin importarles las circunstancias en la que éstos se encuentren. Como el trabajo escasea, son muchos los que están en el paro y los espabilados, les prometen empleo  porque  dicen  estar  muy  bien  relacionados  con  el  Jefe  de Personal de la 
empresa, quien se deja aconsejar por él y a cambio de una cantidad de dinero les podría proporcionar lo que buscan con tanto interés. Normalmente, los que “pican” este ofrecimiento, se quedan sin dinero y sin empleo porque el espabilado siempre encontrará una salida para justificar su fracaso, ya sea porque han cambiado el Jefe de Personal o porque se ha ocupado la plaza que estaba vacante pero le prometen que no cejarán en el empeño en cuanto se presente la ocasión.

Uno de estos pretendientes al empleo es un pobre feligrés de la parroquia que vino a solicitarme 30.000 FC para presentarse en una empresa de Kipushi, una población cercana a la frontera con Zambia donde buscaban algunos trabajadores para reforzar su plantilla. Le recordé mis temores y le aconsejé que no intentara ese camino, pero él estaba tan seguro de obtener el empleo, que todas mis advertencias fueron vanas y estaba obcecado por intentar conseguir un modo de vida que le hacía tanta falta porque llevaba varios años en el paro y no podía asegurarse ni tan siquiera el alimento de cada día. Esa cantidad no es una suma enorme, vienen a ser como unos 35 $ pero para quien nada tiene es una cantidad fabulosa.

Le di el dinero, pasó el examen y todo parecía que iba viento en popa. Le aconsejaron que volviera a su casa porque allí tenía que estar pagando una pensión y comprando algo para engañar al estómago, ya que les llevaría unos días el decidir los que iban a ser contratados. Volvió a su casa pero no vino a contarme cómo se había desarrollado el encuentro. Un día le encontré en la calle y le pregunté sobre lo sucedido. Según me contó, él pensaba que todo se iba a desarrollar favorablemente y había pensado visitarme cuando todo  hubiera finalizado y viniera a enseñarme su contrato de trabajo.

Han pasado varios meses y el silencio cubre esta historia. Se ha quedado sin el dinero, yo sabía de antemano que no me lo iba a devolver, y él se va convenciendo que se ha dejado engañar por gente desaprensiva que se aprovecha de la miseria de sus hermanos de color. Incluso, el que fuera de su misma tribu, no ha sido motivo suficiente para ser más honrado.

Os deseo un Feliz Año 2015. Un abrazo.


                                   Xabier